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Esa Mujer

Al séptimo día acostada, Emilia decidió que ya estaba bien de sentir lástima de sí misma. No iba a esconderse de la prensa, ni del párroco, ni de la gente que hacía cola ante la imagen, y mucho menos de las redes sociales ésas. Había luchado mucho en la vida, en circunstancias mucho peores, para derrumbarse ahora por una restauración incomprendida y además sin dejarla terminar.

Se asomó a la persiana y observó la hilera de gente risueña que aguardaba para ver su «obra». Agredida por la blasfemia, estaba a punto de llorar cuando alguien llamó a la puerta. Reprimió el llanto y abrió, dispuesta a que el enésimo periodista lamentara haberse acercado a ella.

2012-09-05 - Esa Mujer


Y entonces lo vio

Al principio no lo reconoció. Luego, notó cómo una sensación maravillosa inundaba su ser. Estupefacta y abrumada, apenas acertó a decir:
-No soy digna de que entres en mi casa..

El visitante dio una palmada y dejó escapar una sonora carcajada.

-¡Sí! ¿No te encanta cuando los fieles se vuelven creativos? Esa frase jamás se me hubiera ocurrido a mí. Créeme, es un fastidio tener que ser ingenioso las veinticuatro horas del día. Bueno, ¿me invitas a pasar? Ya sabes, alimentar al hambriento, dar de beber al sediento, etc.
Una vez dentro, él la abrazó. Emilia se sintió rara. Era más alta que él, que no debía medir mucho más de metro y medio. Su cuerpo era ancho y duro como un muro de piedra y tenía la piel curtida y oscura, propia de alguien que hubiera trabajado años a la intemperie. Se dejó caer en el sofá con un suspiro de alivio. Emilia le sirvió «una coca cola, light a ser posible, y unas aceitunitas. No veas el calor que hace».
Se quedó mirando el suelo mientras él daba cuenta del aperitivo, hasta reunir el valor suficiente para hablar:

-Has venido a reprenderme.

Casi se atraganta de la risa.
-De ningún modo, hija mía. Tuve noticia del revuelo que se había formado por aquí y decidí echar un vistazo por mí mismo. Hice cola y todo.
-….
-¡Pero si me ha encantado!! hacía años que no contemplaba tal muestra de amor y devoción. En serio, amas a Dios sobre todas las cosas. Es flipante. Bienaventurada seas.
-Creo que el ayuntamiento quiere demandarme..

Continuó como si no la hubiera oído:
-Y, oye, es la obra que más se me parece que haya visto nunca. Quiero decir ¿Por qué me retratan siempre con esas melenas? hubiera sido el hazmerreir de toda Judea. Y esos ojos azules… no había muchos de esos en mi pueblo, no señor. ¿Alguna vez has presenciado un martirio?

Emilia palideció.
-Claro que no, qué tontería. Los romanos no se andaban con chiquitas. Eran unos cachondos, San Sebastián me lo dice mucho. Yo, no te sabría decir. No me acuerdo bien de tanto que me dieron. Ahora, cuando acabaron conmigo me parecía más a lo tuyo que al guaperas de las greñas. La boca hinchada, la has clavado.
-No es por eso que la gente hace cola.
-Digo más: esa iglesia sería un excelente lugar de peregrinación. Tu trabajo lo merece.
-Pero necesitaríamos un milagro o una aparición mariana.

Asomó la mirada por la persiana. Parecía muy concentrado.
-Ya está , dijo. Arreglado.
Una voz brotó de la cola; gritaba y lloraba de alegría: puedo andar, decía. PUEDO ANDAR.

Volvió a sentarse y hojeó el periódico: crisis, paro, corrupción… es lo que le digo a mi primo: «sabes Juan, para mí que me expliqué fata».
-Podrías pedirle a tu padre que tomara medidas.

Su rostro se ensombreció: No queréis eso. Créeme.
Tras un silencio eterno, se levantó de un salto.
-Mira qué hora es. Me esperan en las alturas.
-A la derecha del Padre, dijo Emilia, emocionada.

Bueno, no tan cerca. Todo eso de la crucifixión y demás me hizo poca gracia. Nos hemos distanciado, no sé si me entiendes. Oh, una cosita más.

Colocó su mano en su frente.
-Lista. Ya eres Apóstol. Difunde la palabra.
-Creía que se reservaba sólo a los hombres.-Ay Emilia, qué antigua eres.

Se marchó sonriendo. Exultante, entre lágrimas, Emilia gritó:
-ECCE HOMO
-Esa mujer, respondió él, mezclándose con las nubes.

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