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Hablando De Poesía Con El Fisco

Los compañeros le llamaban el búho. Hacía honor a su nombre, con sus mejillas descolgadas y la mirada rapaz oculta tras unas sempiternas gafas ahumadas. Hubiera llegado a halcón de no ser por su gusto por el escondite, en la media luz de su despacho.

Tenía, desde luego, alma de depredador; desde su ingreso en el cuerpo de Inspectores de Hacienda, buscó perseguir el fraude en todas sus formas. Aún joven e inexperto, descubrió que el mismo autónomo que asumía una paralela sin rechistar, entre lágrimas, luego formaba parte de una turba asesina dispuesta a rajarle el cuello si se ejecutaban las deudas de su amado club de fútbol. Un par de amenazas muy bien redactadas le hicieron desistir de perseguir a las empresas del IBEX.

2012-09-12 - Hablando De Poesia Con El Fisco

Decidió dedicar sus esfuerzos a perseguir a la gente de la cultura. Ahí no había influencias aguafiestas. Anhelaba en secreto ser un matón, como aquellos que lo asediaron en el colegio.

El búho estuvo detrás del proceso por fraude fiscal a la legendaria folklórica en los ochenta. También persiguió a la famosa cantante del trío pop. Cuando algún artista arruinado lo visitaba, no dudaba en despreciarlo: «la cultura no existe. Sólo es entretenimiento».

Su último gesto profesional: asesorar al gobierno en la subida del IVA. Después, el retiro. Quería continuar pero la normativa era inflexible: jubilación forzosa. ¿Más tiempo para estar con su mujer? Él se había casado por la declaración conjunta. Y así llegó el vacío. El existencial y el fiscal, exento como estaba de hacer la declaración de la renta€

Tomó el ascensor hasta un negociado subterráneo, cuya existencia sólo unos pocos funcionarios cualificados conocen: el almacén de objetos de dudosa subasta. Pasó junto a la desmontada estatua del coloso de Rodas, la cabeza disecada de un minotauro y el vellocino de oro hasta llegar al fondo de la sala.

Había dos objetos. Levantó la sábana que cubría el retrato. La fealdad del modelo le hizo sentir una repulsión incontrolable. Tembloroso, volvió a cubrirlo. Al lado, un espejo de marco tallado con hileras de hojarasca, coronándolo el escudo de una vieja monarquía ya olvidada. Tragó saliva antes de decir:

–Espejito espejito…
No hubo respuesta.

Cogió un martillo con la inscripción «aquél que porte el Mjolnir será…»
–¡Espejito espejito! Responde, o lo estrellaré contra ti. A la de una, a la de dos y a la de…

Una voz sonó como si brotara de un magnetófono sin pilas:
–¡Tranquilo! ¿has probado alguna vez a hablar después de 800 años de silencio? Pica un poco te lo aseguro.
–Discúlpame.
–¿En que puedo ayudarle jefe?
–Busco.. encontrar mi voz…
–€ llenar tu vacío. Qué te parece; con que hablando de poesía con el fisco.

El técnico asintió. «No he debido bajar aquí; mejor me marcho»
–Che che che –respondió el espejo– convocarme es fácil. Librarse de mí€ no tanto. Se me ocurre que ambos necesitamos algo. Puedo ayudarte. La cuestión es ¿Me ayudarás tú a mí?

El Búho intentó calcular las implicaciones de tal oferta. Tras un ratito en silencio dijo:
–Acepto.

Le despertó el timbre, adormilado en su sillón de orejas. Abrió a un tipo alto y de piel tan prístina que casi podía reflejarse en ella.
–¿Arquímedes Pallas? Me llamo Antonio Mirall, inspector de Hacienda. Vengo a comunicarle que mañana mismo se procederá al embargo de sus bienes.
–Ya.. lo siento.. no he podido pagar estos últimos años€ está todo muy difícil. Escuche, sólo le pido que no se lleven mis libros. Son mi vida, ¿Entiende?

Mirall chasqueó la lengua: «Los libros son entretenimiento. Carecen de valor fiscal». Arquímedes bajó a la biblioteca. acercó su anciano cuerpecillo a los libros, como intentando abrazarlos. Observó que había un búho posado en el alféizar. Pensó que iba a decir algo rotundo y definitivo, «nunca más», pero se limitó a girar la cabeza. Es un búho. No da más de sí. En el almacén de objetos de dudosa ejecución, Antonio Mirall se desnudó y dejó que la grotesca figura del retrato se reflejara en su cuerpo. Había vivido, y ahora quería más. Liberó el horror que encadenaba el retrato, y sonrió; más devastador que una bomba atómica o una guerra bacteriológica.
Qué mayor arma de destrucción masiva que los números.

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