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Arráncame Y No Pares Nunca

Todavía hay quien me para por la calle. Me felicitan por conservarme tan bien, firmo autógrafos y preguntan a qué me dedico ahora. Suelo inventarme algo aunque a veces digo la verdad.

Se sorprenden; cuesta imaginar que un tipo como yo trabaje para los Diablos Simpáticos. Ignoran que, salvo por la década en la que tuve cierto éxito como actor, trabajar para ellos ha ocupado los cincuenta años de mi vida. Vaya, nací el mismo día que la banda hizo su debut. Mi padre, hombre de confianza del grupo, ignoró las contracciones de mi madre. Parió en los lavabos de un garito londinense, con la música inundando mis oídos. Empecé como estudiante en prácticas, podría decirse.

2012-09-19 - Arrancame Y No Pares Nunca

Y no es que me queje. Mis mejores recuerdos de infancia pertenecen al verano que pasamos en la Riviera francesa, aquella estruendosa mansión donde todos convivíamos como una gran familia. Cierto que tenía un peaje; mi padre me usaba para traficar. No me importaba. Incluso liaba canutos para Nick, que me daba las gracias con su forzado acento cockney. Visto ahora, era como hacer café; tampoco iba a bebérmelo yo.

Y luego estaba Cliff. En 1972 acarreé su guitarra y la de su colega Graham hasta la cima de una meseta en Monument Valley. Valió la pena. Nos mezclamos con las estrellas y cada canción era más reveladora que la anterior. Yo se lo advertía a Cliff «como Graham siga así te lo vas a cargar». Ni caso.

Graham, lo recuerdo como una estrella: lo ves brillar ante tus ojos, pero en realidad ya está muerto. Entonces el brujo chiflado con el que se juntaba Nick la palmó. Abandonó su acento y empezó a recitar poemas extraños, a grabar sonidos rarísimos. Y luego estuvo la muerte de Brad. Se han escrito muchas cosas sobre lo que sucedió en esa piscina climatizada. Sólo unos pocos lo sabemos realmente: Mi madre, que se suicidó; mi padre, yonqui de por vida; Mariah, que abandonó a Nick. Aún hoy, cuando Mariah canta en la tele o sale en alguna película, veo en su deterioro, en sus ojos, el reflejo de aquella terrible noche.

Llegaron los ochenta, y todo se volvió aburrido. La evasión de impuestos pasó de ser algo anti establishment a convertirse en una estrategia empresarial. Los camellos se cambiaron por laboratorios médicos. Ya no tenía que salir a pillar, como mi padre en los sesenta, ni a pagar fianzas.

Montaron una oficina en Manhattan y me pusieron a responder al teléfono. Pero allí no llamaba nadie, salvo un chiflado que no paraba de preguntar por Eileen, la hija de Cliff. Un día me despertó de la siesta el muy imbécil y decidí que hasta allí habíamos llegado. Dejé a los Diablos para perseguir mis propios sueños. No me fue mal durante un tiempo; hice películas y conseguí una serie de televisión, la de la vidente. Yo interpretaba al marido paciente y abnegado. A la tipa había que aguantarla en el plató, pero no me quejo, me fue bien.

La serie se canceló y acabé dando bandazos. Hasta que en la alfombra roja de una premiere en L.A., me topé con Nick. El asistente que llevo dentro saltó: «Nick, no puedes estar aquí; a estas alturas del año fiscal, deberías estar en Barbados o…». Se limitó a sonreír y darme una palmada. Hablamos. Al poco, ya ejercía de avisador para los Diablos Simpáticos. Cada vez que se acercan al límite de días anuales que pueden residir en NY o Londres sin que se les eche encima el fisco, llamo. Les suele dar bastante rabia, sobre todo cuando lo están pasando bien. A veces me insultan. Cosas del uno por ciento.

Nick se hace mayor. Algún día me llamará a su lecho de muerte y me cogerá la mano. Y yo recordaré a Brad ahogándose, a la horrible cosa que surgió del agua mientras Nick se desnudaba. Y el susurro. Baphomet. Baphomet. Quizá entonces por qué volvió a contar conmigo, con mi buen aspecto, mis buenos genes, después de tantos años. Con una mano en la mía y en la otra el testamento en el que me lega todos sus bienes.

Pero, ya os digo. Qué queréis que haga. Me debo a los Diablos Simpáticos. Al fin y al cabo nací para eso. Así que arráncame, Nick. Arráncame, y no pares nunca.

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