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El Invierno Del Descontento

No está claro cuándo escribió William Shakespeare la obra Ricardo III, lo que sí recuerdo es cuándo me llevaron mis padres a verla por primera vez. Era 1993 y Ciarán Hinds interpretaba al infame monarca Ante el público, se presentaba un personaje que, en los primeros actos, nos detallaba sin un ápice de remordimiento cada una de las maldades que se disponía a cometer. Se dirigía a nosotros con absoluta calma y convicción. Desprendía cierta empatía , lo que nos arrastraba a sentir cierta cercanía hacia su causa: «Comprendedlo, quiero ser rey. sigo el reglamento general del juego de los tronos».

Era un tipo listo. Todas las muertes, su hermano George incluído, se sucedían fuera de escena.

2012-10-03 - El Invierno Del Descontento

Llegado el último acto, Ricardo estaba seguro de tenernos en el bolsillo. Se distanció de nosotros, abandonándose a la crueldad y a la violencia, seguro de su poder sobre sus súbditos. Asesina a sus dos sobrinos para eliminar la competencia al trono y la poca simpatía que nos despertaba el maquiavélico reyezuelo se va transformando en desprecio. Al fin, morirá pidiendo un caballo, acosado por los fantasmas de sus víctimas. Su muerte es la única que presenciamos sobre el escenario, a manos de Henry Richmond, padre de Enrique VIII.

Lo que no cuenta la obra fue que su cuerpo, con la cabeza abierta tras chocar con una piedra mientras lo trasladaban, fue expuesto para que el pueblo se convenciera de su muerte y luego enterrado en la iglesia de Greyfriars, en leicester. Y ahí se le perdió el rastro.

Desde entonces, he dedicado mi vida a encontrar la tumba de Ricardo III. Cuando Greyfriars fue demolido, surgió la creencia popular de que sus restos fueron arrojados al Thamesis. Sería algo muy típico en Enrique VIII.

Un cartógrafo de la época, John Speede, se empecinó en en encontrar el emplazamiento definitivo de la tumba. Quizás encontró una fosa vacía y se desanimó. Quizás la peste se lo llevó antes. Quizás equivocó Blackfriars con Greyfriars.

Entonces conocí a un arqueólogo con mi misma obsesión. Cuando fui a conocerle, el catedrático de su departamento de la universidad de Leicester le gritaba: «Los arqueólogos no nos dedicamos a buscar famosos».

Me contó que hay una cámara sellada en la torre de Londres: la tumba de Eduardo IV, hermano de Ricardo III. Por documentos del XIX, sabemos que hay alguien más enterrado allí. Tal vez los niños asesinados. Una vez solicitó permiso a la Casa Real para, si bien no derribar la entrada, sí al menos introducir un cable de fibra óptica y confirmar sus sospechas. La respuesta que obtuvo fue que Su Majestad La Reina desea que el asunto siga siendo un misterio durante «al menos otra generación». Y entonces el azar se puso de nuestro lado. Unas excavaciones en un párking de leicester dejaron al descubierto un jardín que en el siglo XVIII alojó el memorial de Ricardo III. Nuestro objetivo no podría andar lejos.

El Ayuntamiento de Leicester denegó el permiso; implicaba demoler medio aparcamiento en busca de algo que no podríamos demostrar: que el esqueleto que allí pudiera haber fuera realmente el del monarca.

El linaje de los York se había extinguido. Y no digamos ya el de los Plantagenet. Extinguidos desde el siglo XIX.

Y entonces recibí una llamada. Una señora de Canadá que afirmaba ser la última descendiente de la Casa de York a través de la hermana de Ricardo, Anne.

Trepé por ramas de árboles genealógicos. la línea de Anne de York, fluía como un cristalino río durante siglos. Podríamos comparar el ADN de la descendiente de Anne con el de Ricardo. Obtuve una muestra de ADN y el permiso municipal.

Con el corazón desbocado, derribamos un sector del aparcamiento para encontrar un esqueleto, con la espalda deformada por la escoliosis y un traumatismo en el cráneo.

Después de todo, la despiadada descripción que Shakespeare daba del personaje («feo, jorobado, deforme») no era una mera caricaturesca concesión a los Tudor. El bardo hacía sus deberes Pronto los restos serán trasladados al laboratorio de la universidad. Y, por unos instantes, sus ajados huesos quedarán expuestos al frío del invierno. Un frío similar al de aquél invierno del descontento que él mismo creara. Pero no se lo tengáis en cuenta: tan sólo era un producto de su tiempo.

En cuanto a mí, me siento afortunado. Bien mirado, no todo el mundo encuentra lo que busca en la vida.

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