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Los Ciclos Del Entomólogo

«¡Nuestra lista es la verdad absoluta!», gritó Jimenos, editor jefe de la revista Hipster Dan U. Hasta ahora, HDU jamás había publicado una lista anual de lo mejor de nada. Hasta que el año anterior, un conocido bloguero posteó un ranking sobre «las diez publicaciones con menos futuro» en la que colocaba, en el número 1, a HDU. La razón: «¿Dónde están las listas de lo mejor del año?»

2013-01-09 - Los Ciclos Del Entomologo

«¡Eso!», graznaron a coro los comentarios. Jimenos odiaba las listas. Ni siquiera celebraba el Año Nuevo. En el día a día, se comportaba más como un entomólogo que como un crítico de vanguardias: si una banda captaba su atención, imprimía la carátula del CD para clavarla en una plancha de corcho. Durante un tiempo, estudiaba la banda, le otorgaba un 10 absoluto en su disco de debut, lo más en contemporaneidad de acuerdo con el evangelio Jimenos. Puntuaba al infinito las demos, las caras B, el pirata en directo y la mercadotecnia.

Llegado el segundo álbum, Jimenos, por sistema, perdía el interés. El entomólogo encontraba una nueva especie, o algún saltamontes reciclado. El segundo trabajo apenas pasaba del 0.5, y eso si con suerte alguna canción incluía un solo de saxo. En esas andaba ahora con Mozo-man, banda que combinaba Jota aragonesa con paisajes electrónicos. Por cuestiones de supervivencia, delegó la tarea indexadora en sus principales feeelancers. Sería una lista limpia, imparcial; indiscutible y absoluta en su modernidad.

Enfrentado a la lista y a la presión de Jimenos, el crítico musical de HDU empezó a tener sueños angustiosos en los que las cajas de su colección de Cds aparecían vacías, mientras su padre le regañaba en falsete. «Creo que he abusado de Beach House y Animal Collective» . A Jimenos le pareció que al crítico le brotaban las palabras como si cantara algo de Manos de Topo.

Una semana después, una lista: «diez jewel case de 2012 que mejoran si tiro el CD a la basura». La lista de los diez mejores libros no iba mejor: El crítico literario de HDU no leía libros. Esperaba a que saliera la película. Nombró a American Psycho mejor libro del año, diecinueve años después de su publicación. En 2012, colocó en todo lo alto Guerra y Paz, debido a una co-producción que se encontró una tarde en Intereconomía TV.

Jimenos terminó de liarse un canuto en forma de puro habano: «¿Que no lee los libros? ¿Y qué? ¿Acaso hay algo más contracultural que eso?» Al día siguiente le subió el sueldo.

La lista de las mejores películas del año se atascó bastante, dado que el crítico cinematográfico no ponía de su parte: las películas de miedo las calificaba de comedias. Las comedias, de películas de terror. Las bélicas, de películas románticas y los musicales de películas mudas. «Algo de razón tiene», musitó Jimenos. Llegado fin de año, se dejó caer en el sillón del despacho. Windows 8 se empeñaba en estrellar la ventana de fecha y hora contra la pantalla del monitor: 31 de diciembre una y otra vez. «Mecachis…», murmuró para sí. «¿Es que no hay forma de…?»

No, no la hay. No se puede engañar al tiempo, eso aprendió Jimenos de su sistema operativo. Él, que siempre pregonaba a sus redactores que «todo debe cambiar para permanecer siempre igual», descubrió que ni la ilusión de cambio, ni la modernidad, son camuflajes suficientes. Se miró en el reflejo del cristal; su aspecto trend parecía viejo y apolillado. El jefe de los entomólogos: archivando, clasificando, catalogando. No hay emoción en la rutina científica; sólo medio punto por cada solo de saxofón. Supo que su ciclo había acabado, igual que se había evaporado el sentimiento. Se recordó, un adolescente retraído, tratando, en la oscuridad de su habitación, de encontrar la magia en una estrofa.

Si la encontró, no lo recuerda. Los ciclos anuales no son nada comparados con el olvido que implica el relevo generacional. Otros vendrán detrás, escuchando las mismas melodías, leyendo las mismas historias, riendo los mismos chistes. Sólo cambia el embalaje. La caja vacía. Ciclos de búsqueda, descubrimiento, euforia y olvido. El primer estribillo de Sinatra en la radio. Hubiera escrito una lista con los diez mejores besos de verano, de no ser porque jamás se comió un rosco.

Jimenos apagó el ordenador y escuchó el tic tac del reloj. Trató, sin éxito, de sincronizarlo con su corazón.

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