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Campana Y Se Acabó

Finales de marzo de 1944. La tercera división acorazada extinguía el incendio del castillo de Wewelsburg. Los nazis habían huido y los lugareños exigían participar en el pillaje. Dejamos claro que nosotros íbamos primero. La mayoría de soldados corrieron hacia la torre norte. Yo, a los sótanos.

Había varios niveles albergando salas extrañas. En lo más profundo encontré una cámara acorazada. Tardé un rato en descifrar la combinación. Dentro… No es que fuera un entendido en arte, pero era capaz de reconocer un vangogh. Y un picasso, sobre todo si en la firma pone «Picasso».

2012-10-31 - Campana Y Se Acabó

Avisé al Teniente Burke. Burke hacía negocio con los canadás de los Campos de concentración que liberábamos y rapiñando soldados nazis muertos. Aquello hizo que sus ojos chisporrotearan en su rostro de ébano. Cargamos los cuadros en un camión de intendencia. Nos acompañaron hasta Berlín. Y de ahí a Nueva York. Burke se hizo rico, no sin antes darme mi parte.

Burke siguió con sus chanchullos, bastante más feos, en Corea y Vietnam. Y yo descubrí mi vocación.

Tras la guerra, me instalé en España. Resultaba fácil colarse en las iglesias de los pueblos, robar un cáliz medieval, alguna efigie. Tan fácil que me pescaron.

Tras un añito a la sombra, cambié de estrategia. Podía comprar esas mismas piezas a los párrocos, más que dispuestos a sacar un pellizco del patrimonio eclesiástico. «En España hoy día todo está a la venta, joven» –me dijo uno– Todo».

Me iba tan bien que empezaba a aburrirme. Conocí a un irlandés llamado Jimmy Doohan. Un poco chiflado, pero listo. Se dedicaba a escalar muros de mansiones y llevarse lo que pillaba en los jardines. Esculturas, mayormente. Nunca allanaba interiores, salvo que el botín fuera de primera.

Asaltamos la mansión madrileña de Alicia Sienkiewicz, la heredera. Jimmy noqueó al guarda y eso fue todo. Llenamos un container.

Los museos europeos eran aún más fáciles. La mayoría sólo cerraban con llave. Solían vigilarse por circuitos cerrados monitorizados por nadie en otro lugar. Entrábamos con mochilas. Munch, Gauguin, Monet… El cielo era el límite.

Tuve que romper con Jimmy. Cada vez traía más gente a los trabajos, tenía una familia enorme. Más riesgo de que alguien se fuera de la lengua.

Fue entonces cuando me llamó Burke. Quería dar un último golpe, la crisis de los 67 y esas chorradas. El camionero paró en un área de descanso cerca de Cooperstown. Allí, Shayaka le hizo pasar el mejor día de su vida. Al menos hasta que en Nueva York abrieron el remolque y comprobaron con horror que el goya que trasladaban al Guggenheim había desaparecido.

Días después lo dejamos en un parque de Brooklyn. El FBI se apuntó el tanto.

Yo decidí dejarlo también. Me establecí en un pueblecito de la Cerdaña, donde conocí al párroco. En secreto de confesión, le conté mis andanzas. Me absolvió, nos hicimos amigos. Nuestra mutua pasión por el arte pudo más que su ética.

Aquella mañana me llamó la atención que el campanario de la iglesia no anunciara el mediodía. Al párroco tuvieron que ingresarlo con un un infarto. Habían robado la campana. De bronce, pesaba unos 500 kilos, del siglo XVIII. Abrieron un agujero en el muro del campanario, y, tras quitar el badajo, la dejaron caer sobre un castillo inflable. El párroco me rogó que la encontrara.

Era raro. ¿quién querría una campana? En Europa nadie, seguro. Quizás en China o Brasil. El traslado, era difícil. Me acordé de Jimmy. Su golpe más sonado fue llevarse una estatua de bronce de Henry Moore usando una grúa. Nunca supe qué hizo con semejante armatoste.

Jimmy estaba muerto. Su sobrino olvidó cortar la electricidad mientras Jimmy se disponía a trepar por una verja electrificada. Hablé con su hijo. Le pregunté qué hizo con la estatua. Se echó a reir. Y entonces supe qué había sido de la campana.

La encontré en una desechería cerca de Andorra. El dueño afirmó habérsela «encontrado». Igual que Jimmy hizo con la estatua, planeaban fundirla y vender el cobre. Dos mil euros por una pieza que vale mucho más. Es el signo de los tiempos, supongo.

Días después. Me senté a escuchar las campanadas en mi masía. El párroco me envió un SMS desde el hospital: «Campana y se acabó». Mis carcajadas se mezclaron con el cúprico campaneo.

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