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La Muerte, Idiota, La Muerte

El gigantesco foco de la pista principal iluminó al clown nada más pisar el albero. Se echó la boquilla a los labios, rojos sobre el pálido rostro. El característico soplido metálico del saxo tenor rebotó contra las grisáceas lonas de la carpa.

­–NANIANA NANIANO NANIANAAAAA

2012-11-28 - La Muerte, Idiota, La Muerte copia


El clown se revolvió, con los nervios afilados.
–Pero, hombre, ¿qué hace? ¿No ve que estoy dando un concierto?
El recién llegado tenía la nariz gorda y el pelo blanco. Permaneció quieto bajo el haz de luz.
El clown se le acercó, todo aspavientos:
–No tenía que haber entrado aquí.
El tipo se rascó bajo la boina de cuadros, mirando a su alrededor:
–¿Un concierto? ¿Usted solo? Aquí no hay nadie…
El clown sacó un pañuelo de su elegante frac; se secó los labios, y se le corrió el maquillaje.
–No se ponga así –dijo el otro–es que acabo de llegar e iba a dejar mis cosas en el camerino…
Llevaba consigo un tubo de manguera y un acordeón.
–Ya sé de qué va esto –dijo el clown, brazos en jarra– Usted es un Augusto, enviado para reventarme el número.
–Les dije que me hacía falta, ¿sabe usted? –el Augusto señaló con gesto cansado la manguera negra –¿Y si asomo la cabeza y se me mete un carboncillo? No, me dijeron, adonde va usted, se va en tren eléctrico. Pues al final era un carricoche. ¿Podría usted aspirarme los ojos? Están llenos de polvo.
El clown suspiró, asiendo el tubo por un extremo.
–Se lo agradezco, debe usted tener buenos pulmones–dijo el Augusto, colocando el otro extremo del tubo en su ojo izquierdo.
El clown inspiró con fuerza. El ojo del Augusto se desprendió y fue absorbido al interior del tubo.
–Qué barbaridad, cómo sopla usted –dijo el Augusto.
Atónito, el clown sopló. Expulsó el ojo, que regresó a su cavidad.
–Limpio como una patena–dijo el Augusto –el otro ojo, mejor me lo hago yo. ¿Por dónde se va a los camerinos?
El clown se atusó el largo flequillo.
–Si ya va usted vestido de payaso. Para qué va a querer un camerino.
–Pues para qué va a ser para… para… mecachis, se me lengua la traba –su rechoncha nariz subía y bajaba como el hocico de un conejo.
El clown negó con la cabeza.
–Usted no sabe dónde está, ¿verdad? Mire, le propongo una adivinanza, a ver si la acierta; es el título de un poema.
–Venga –dijo el Augusto, tratando de enrollar, sin éxito, el tramo de manguera– hágala sin miedo.
El único emperador es el emperador de los helados.
El Augusto retrocedió:
–¿Helados? Pero, ¿Helados de fresa, de turrón o de tutti fruti? Como no me dé más pistas… Dígamelo ya y déjese de rodeos, hombre.
La cara del clown parecía enrojecer por debajo del maquillaje:
–¡Pues la muerte, idiota, la muerte!
–Hay que ver –dijo el Augusto– una cosa tan sencilla y que no la haya acertado yo. –La muerte, idiota, la muerte– se repitió.
–Y se me ocurre– dijo el clown, satisfecho– que si pega usted el oído al extremo de la manguera, podrá escuchar a los vivos; como el rumor del mar en una caracola.
El Augusto miró el trozo de tubo, que colgaba flácido de su puño izquierdo.
–No creo que quiera hacer eso –dijo, arrastrando el pie en el albero– Si estamos aquí, pues estamos aquí.
–Muy bien –dijo el clown –Y, ¿por dónde le gustaría empezar”
–Bueno –dijo el Augusto– La Navidad se acerca; podríamos cantar aquello de «Que aquí los tres payasos piden a la humanidad…»
–Cuatro –dijo el clown.
–¿Qué?
–Éramos cuatro.
–Pero la canción decía tres.
–No; decía cuatro.
Se hizo un silencio tenso.
–Mire, dejémoslo en todos los payasos y no se hable más.
Se abrieron las puertas de la gran carpa. Los telares recuperaron sus colores. Una calidez majestuosa impregnó el ambiente. El murmullo pasó a ser vocerío.
El clown y el Augusto dieron un paso adelante. Justo antes de interesarse por el estado de salud del público, el Augusto se preguntó a sí mismo, mezcla de tristeza y estupefacción, de dónde habrían salido todos esos niños.

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