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Antigua Casa De La Provincia

Cuando la Diputación anunció el proyecto de modernización de La Casa de La Provincia, más de uno enarcó las cejas. Aquel sitio, decían, estaba embrujado.

La joven diputada de Cultura apenas parpadeó al saberlo. No era su problema. La idea venía del recién nombrado director general. Con suerte, el director se dedicaría a sus sueños de modernidad y le dejaría a ella centrarse en los pueblos.

Acudió a la presentación del nuevo espacio vestida con un elegante conjunto anaranjado. El acto transcurría dentro de la normalidad. Quizás el hilo musical molestaba. Un aporreamiento de piano tan disonante que taladraba sus oídos. Pero, claro, ella de músicas contemporáneas entendía poco.

Cambió de parecer cuando un exconcejal de Cultura miró hacia arriba y comentó: «Ojú por Dios».

2013-01-16 - Antigua Casa De La Provincia

Se dirigió ella misma a la conserjería. Sólo encontró a un guardia de seguridad (en la placa de identificación, leyó: «Fco. Ángel»), bastante desastrado. La diputada tomó nota: quejarse a la empresa, manden un vigilante presentable.

Cuando le pidió que cambiara la música, el guarda, indiferente, le respondió que allí no había hilo musical.

–Son los fantasmas– indicó.

La diputada se echó a reír. El guarda se encogió de hombros.

Subió al estrado ignorando la insufrible cacofonía.

–Buenos días a to…

Justo entonces, el sistema contra incendios desató el diluvio universal. Huyeron todos despavoridos. El jardín se convirtió en un festival de foulares empapados y peinados arruinados.

A taconazo limpio, su vestido ahora color marrón caca, se adentró de nuevo en el edificio, plantando cara a la tormenta y la música. Fco. Ángel se resguardaba del chaparrón en un lateral.

–Si es usted quien está haciendo esto –trató de hacerse oír entre el aguacero– no tiene gracia.

–Ya se lo dije –respondió el guarda, esforzándose por hacerse oír–: son los…

–Aquí no hay fantasmas –vociferó– ¡tan sólo algún sociata que se ha pasado de listo!

Ofreció una rueda de prensa, acusando a la oposición de conspiración y sabotaje. Entre los periodistas había un investigador del programa radiofónico Amigos del misterio; preguntó a la diputada si cabía la posibilidad de que el edificio estuviera realmente embrujado.

Soltó una sonora carcajada. Anunció que dormiría allí esa misma noche, a fin de demostrar que no había fantasmas.

Se le habilitó una habitación en la nueva residencia de artistas. Fco. Ángel esperaba en la entrada.

–Caballero, he estado leyendo en internet un artículo sobre el edificio. Aquí sólo ha habido monjitas y repetidores.

–Yo también leí ese artículo ¿Bajó hasta los comentarios? Porque yo sí.

Ya en la habitación, sintonizó en la radio el reportaje:

–«€ Un hospital de guerra; el olor de la sangre (…) Mi amiga de diez años falleció encerrada allí (…) Celador llamado (estática) y otro (…) te daban palizas de muerte…»

La despertó una tos ronca. Pensando que era el guarda, salió al pasillo a quejarse. La cadencia de la tos aceleró hasta convertirse en un espasmo estático: un chirrido. La diputada se giró: un viejo piano avanzaba hacia ella a toda velocidad.

Echó a correr horrorizada. Al torcer hacia la salida, una niña le cortó el paso. Vestía un pijama anticuado y tenía muy mala cara, los ojos hundidos en unas cuencas cadavéricas. Tosió y escupió sangre.

–¿Eres mi mamá?

Paralizada, apenas notó cómo el piano avanzaba hacia ella. En el último instante, el guarda la agarró por la cintura y la introdujo en la crujía. El piano circunvaló el edificio, una estela oscura y chirriante surfeando sobre el zócalo hexagonal como un carricoche infernal.

–No se lo tome a mal –dijo el vigilante– es un edificio viejo y enfadado. Ha visto de todo: guerra, hambre, maltrato, muerte€. No hay quien lo haga olvidar.

La diputada lloró hasta el amanecer.

La mañana siguiente, se encerró en su despacho. Pidió que le enviaran bombones a Fco. Ángel, en agradecimiento. Recibió una llamada de la empresa de seguridad. No había nadie en nómina con ese nombre.

Entró en la web de amigos del misterio y se descargó el podcast.

–… Había un celador llamado Ángel. Y otro, Paco. Te daban palizas de…

Tiempo después, asistiendo a un recital de piano en Benagalbón, alguien le propuso un proyecto: una sala de conciertos en el hall del futuro hotel en Cortijo Jurado.

La diputada le tiró un zapato. El tacón fue a caer sobre las teclas del piano.

Cling, clong.

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