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Tres Espíritus Entran En Un Bar…

Exhaustos, los tres espíritus se acurrucaron alrededor del fuego. Este año habían empezado pronto, demasiados Scrooges que amedrentar. A los ricos de antes bastaba con enseñarles su pasado para ablandarlos. Les mostrabas el futuro, y se asustaban. Ahora, había que enfrentarse a una horda de sociópatas encorbatados que amenazaban a Futuro con querellarse.

Era la noche antes de navidad. Pasado se hizo un ovillo, su angelical rostro de niña iluminado por las llamas. Cenó un yogur caducado y frutas pochas.

Futuro divagaba. Últimamente sufría migrañas que le emborronaban la vista. Ocultó su rostro con la capucha de la sudadera mientras se probaba un nuevo par de gafas graduadas.

Presente suspiró. Nada salía bien, nunca tenía tiempo para nada. Parecía que su trabajo no iba más allá de tapar agujeros, poner parches. Sobrevivir, sin tiempo para pensar. Para respirar.

Pasado se había pegado a él como una segunda sombra. Adonde fuera, ella iba detrás, con su actitud bipolar, a veces sonriente, a veces vieja y amargada por los recuerdos. Un pasajero inquietante que asoma por el retrovisor.

Miró la hora; aún le quedaba tiempo suficiente para amedrentar a algún político corrupto, un banquero, un empresario explotador….
Dejó atrás un cartel, Bedford Falls, N.Y., cruzando el puente mientras la nieve arreciaba. Pasado le seguía.

Pudo ver entre los remolinos blanquecinos a un hombre subido a la barandilla. Un anciano, alto y elegante, la mirada grisácea, acuosa.
–¿Pasado?

Pasado sacó una libreta vieja y se puso un lápiz en la oreja: «Bailey, George, prestamista retirado. Nacido en Bedford Falls. Casado, cuatro hijos. Acusado de estafa junto a un familiar en 1946. Desapareció misteriosamente. A su regreso, los cargos habían sido retirados. La amenaza de ruina y la conducta de George provocaron en su esposa una depresión que duró hasta su fallecimiento, después de que su hijo Peter muriera en Corea. Hace años que Bailey no reside en Bedford Falls; se marchó a vivir con su hija Zuzu».

Presente siguió contemplando al anciano, inmóvil sobre el pasamanos. Mientras estuviera junto a él, su tiempo no avanzaría.
–¿Futuro?

Futuro ocultaba sus manos en los bolsillos de su sudadera.

–No hay destino para él, hermano.

Presente liberó al anciano, que abrazó la oscuridad.

–¿No se dedicaban los ángeles a estas cosas? –preguntó Pasado.

–Es competencia de los ángeles en prácticas –dijo Presente–. Se ganan las alas así. Pero hace años que no se convocan plazas, conque…
Los tres espíritus permanecieron un rato bajo la nieve, escuchando el estruendo de un tugurio cercano. Presente observó cómo un tipo alto entraba, cojeando.

–Pues claro –dijo, saltando como un muelle, camino del bar. Ambos le siguieron.

Trataron de abrirse paso entre el barullo de borrachos cantando villancicos picantes, aspirando el penetrante olor avinagrado.

Presente se acercó y fingió tropezar con el hombre alto. Al girarse, el tipo se topó con Futuro, que era tan alto como él.

–Me has derramado la cerveza –dijo.

El puñetazo atravesó a Futuro; el tipo cayó al suelo. La gente se apartó. Intentó sin éxito golpearlo una y otra vez, los puños ensangrentados.
Ya exhausto, Pasado se acercó a acariciarle el pelo.

–No ha sido culpa tuya perderlo todo. La casa, el trabajo, tu enfermedad… Tampoco podías salvar a tu padre. La primera vez, hubo quien cambiara su destino. Pero hoy… Ay, dulce Timmy…

Se quedó de piedra:

–¿Cómo sabes mi…

–Eres una buena persona, Tim Bailey –dijo Presente–. Debimos estar ahí para ayudarte.

Presente miró a Futuro. Se quitó las gafas bajo la capucha.

–Encontrarás trabajo. No mañana ni pasado. No caerás en la bebida. Tus hijos te admirarán por tu debilidad. La enfermedad… Serás como tu padre, fuerte, orgulloso, noble.

Tim se secó las lágrimas. Aún desorientado, salió por la puerta y se alejó, la muleta apoyada en el codo.

Presente invitó a todos a una ronda. Aplausos.

–Ni todos los Scrooge del mundo –dijo– pueden compararse a uno sólo de la familia Bailey.

–La lista de los Baileys del mundo es demasiado larga para tres espíritus –dijo Pasado.

Presente apretó los mofletes de Pasado con las manos:

–Creo que es hora de que nos separemos, cielo. Hacer las cosas por mí mismo, ¿entiendes?

Pasado asintió, entre lágrimas. Futuro sonrió, encogiéndose de hombros.

Al meter el encargado el dinero en la caja registradora, Pasado dijo:

–Sabe, en mis tiempos esos cacharros hacían sonar una campanilla.

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