YourSite - Slogan Here!

Azufre, Pirita, Tragacanto

Los Tres Magos dejaron atrás el llanto de los niños, las súplicas de las madres. El olor de la sangre derramada y se internaron en el desierto. Melkon iba delante, a lomos de su camello, el ceño fruncido y enmarcado por una barba blanca. Tras él, el Mago de cabello castaño con la boca abierta, la mirada perdida. El mago oscuro agachaba el rostro bajo el turbante de seda dorada, trotando a cierta distancia.

–En aquél momento pareció una buena idea –dijo Jasper–.

–Por supuesto –replicó Melkon, casi afónico–: «Tengo una idea, vayamos a preguntar al Rey a ver si sabe algo del nacimiento de un Mesías». Ya te dije que eso no podía acabar bien.

–Bueno; es el Rey. Se supone que sabe todo cuanto ocurre en su reino. Además, yo pensaba que se alegraría de saber que el Rey de Reyes iba a nacer en sus dominios.

–A los reyes no les gusta la competencia, Jasper –replicó Bithisarea, alzando la voz–. ¿Y tú te consideras sabio? De hecho, no puedo creer que ninguno lo seamos, dadas las circunstancias.

–Al menos el Niño escapó.

–Sí –replicó Melkon– a costa de la muerte de otros cientos. Menudo éxito.

Los camellos avanzaron en silencio. Los gritos cesaron, o, por la distancia, dejaron de oírse.

–Debimos seguir la estrella , dijo Melkon. Nos hubiera guiado hasta el lugar de la profecía, sin necesidad de contarle nada a nadie. Nada de esto hubiera sucedido.

–No era una estrella –replicó Bithisarea–.

–Ni un planeta –dijo Jasper–.

–Supongo que ya no importa mucho –zanjó Melkon–. Quizás importó antes de partir, sentados en mi estudio, tres eruditos astrólogos disfrutando del saber compartido….

–Habla por ti –dijo Bithisarea, cortante–. Yo soy astrónomo. O, mejor dicho, lo era. Desde que partimos de Belén, soy incapaz de leer el cielo. Es como si hubiera olvidado como hacerlo. Vagamos sin rumbo.

–Me ocurre lo mismo –dijo Jasper–. Melkon asintió.

En nuestro sueño –dijo Bithisarea–, el ángel nos dijo que nos marcháramos por otro camino. Sólo que no especificó cuál. No era una advertencia. En realidad….

…. nos estaba maldiciendo –dijo Melkon–.

–¿Maldiciendo? –preguntó jasper, inquieto– ¿Por qué? ¿qué hemos hecho?

La sangre derramada de todos esos niños mancha nuestras conciencias –dijo Melkon–. Estamos malditos. Condenados a vagar sin rumbo para siempre.

Jamás podremos regresar a casa –dijo Bithisarea–.

Bueno, yo no podía volver de todas formas. Entregué todo el oro de mi reino a los pies de aquél niño. Estoy seguro de que estarán aguardando impacientes las explicaciones acerca del destino que di a tanta riqueza.

¿Todo tu oro? –replicó Jasper, asombrado–. Pero, Melkon, viejo amigo, ¿en qué estabas pensando?

Yo… No lo sé. ¿Qué se suponía que debía hacerse? Las profecías eran claras. Aquél niño debía ser el Rey de los Judíos. Pero todo cuanto encontramos era al hijo de un miserable teknon en un establo apestoso. Y luego todos esos niños muertos… No sé qué conclusión sacar de todo esto. De no haber tenido que salir huyendo, hubiera ido a que me devolvieran lo mío. Me siento engañado. El Hijo de Dios ha nacido, y nada ha cambiado, salvo para nosotros.
Puede que nada haya cambiado –dijo Bithisarea– y puede que tal vez nada vuelva a ser lo mismo. Le entregaste tu oro a un bebé pobre e indefenso. El rico dio al que nada tiene. Tal vez ese es el mensaje.

Ya nunca lo sabremos –dijo Jasper–. Ahora bien, fijaos en esa estrella de ahí arriba, al oeste.

¿Qué le ocurre? –Preguntó Melkon–.

No estaba ahí hace un momento. Las estrellas no surgen así porque sí.

Los tres magos permanecieron mirando al cielo un tiempo indeterminado.

–Llevamos Siglos vagando por este Desierto– concluyó Melkon–.

Así es, ¿No es increíble? –replicó Jasper–.

Seremos inmortales –gruñó Bithisarea– pero aún así tengo hambre.

A lo lejos, divisaron unas hogueras.

Quizás podrían darnos algo de comer –observó Jasper–.

Bueno, nuestro aspecto nos aseguraría una buena recepción, pero aún así, la comida hay que pagarla. Y, todo nuestro oro se quedó en aquél pesebre.

Ya se nos ocurrirá algo –dijo Bithisarea–.

Los tres sabios se adentraron en la oscuridad. A lo lejos, se escuchó la risa de un niño.

Leave a Comment