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Las Máscaras Del Héroe

Por enésima vez, se dijo a sí mismo que no existe eso que llaman bloqueo de escritor. Pasó de la guitarra al piano y dejó escapar un suspiro. Podría escribir una estrofa, sí. No hay problema. Y qué más. Agarró el anorak y deambuló por las desiertas aceras de Long Branch, New Jersey. Perseguía una peculiar forma de inspiración, sólo al alcance de artistas adinerados. Lo que encontró fue a un policía que lo arrestó por vagabundo. «¿Sabría usted, agente, a qué altura queda la casa donde Bruce Springsteen escribió Born to run? He oído que está a la venta».

2012-08-15 - Las Mascaras Del Heroe


Tras la foto de rigor, se sentó a leer el periódico en un acogedor calabozo. En la sección de artes, leyó: «Un científico español afirma en un estudio que las canciones pop desde 1950 suenan todas igual».

Se encogió de hombros. Pensó en Little Richard. Utilizaba esquemas básicos de doce compases: Rock and Roll. Lo mismo hacía Chuck Berry. Jerry Lee Lewis. Sin embargo, cuando Little Richard abría la boca, lo que salía era liberación. Pero si era Chuck Berry, lo que brotaba era desafío. Y Jerry Lee… Se recordó a sí mismo de niño, a oscuras en su habitación de Duluth, tratando de comprender el código secreto oculto en aquellas turbulentas canciones en discos de 45 RPM.

La comisaría estaba al lado de una librería de segunda mano. En el escaparate, un título le llamó poderosamente la atención. Dejó un par de dólares en el mostrador y lo hojeó con falsa desgana: El héroe de las mil caras, de un tal Joseph Campbell al que la introducción catalogaba de «mitógrafo».

Siempre le habían sugerido que se hiciese escritor y siempre se había negado. Escribió un primer volumen de sus memorias y prometió a la editorial que habría dos más. Pero la ficción era otra cosa.

Según Campbell, las historias que leemos siguen siempre un mismo esquema, trances similares en todas las culturas. «Si le interesa», le dijo el librero, «tengo también algo de Propp», que afirmaba algo similar , pero en relación a los cuentos infantiles, estructuras similares, narrativas recurrentes.

Volvió a su hotel y se sentó a pintar. Al principio trataba de encontrar temas propios, pero pronto descubrió que le resultaba más atractivo retratar fotografías. Algunos le acusaron de plagio, igual que con ciertas frases de algunas de sus canciones. Si todas las canciones eran iguales, si todas las historias eran iguales, qué más da quién escribiera qué y dónde se insertara.

Y, si todos los pintores trabajan sobre las mismas superficies, lienzo, cartón, mural, y con los mismos utensilios, pincel, brocha, pintura acrílica, óleo, acuarela… pues entonces todos los cuadros son iguales también, y en consecuencia el tema a tratar era superfluo…

Actuó en el FIB. La gente silbó pidiendo «caña». Los ignoró como siempre. Él, junto a otros artistas del siglo veinte, habían creado tendencias, estilos, movimientos. Ahora, los artistas se limitaban a perseguir lo nuevo, una marea sin origen ni destino imposible de detener o amaestrar.
Trató de encontrar de nuevo la casa de Long Branch, esta vez en coche. Para cuando dio con ella, el cartel de se vende había sustituido por otro que rezaba vendido.

De regreso al hotel, lió un canuto y subió a la azotea con su guitarra. Allí, en la fría oscuridad de la noche de New Jersey, dejó escapar unos acordes de guitarra. Y pensó que cada vez que escribía una pieza, un trocito de su alma se escapaba con ella. Y también pensó que las almas son como copos de nieve, brumas de ectoplasma a veintiún gramos la pieza que, analizadas en un espectógrafo, jamás se encontrarían dos iguales. Como copos de nieve que se derriten al calor de los cuerpos, para transformarse en silicatos, agua y celulosa que recorren una progresión de acordes muchas veces repetida, como el surco de un río mil veces transitado.

Para septiembre, Bob Dylan publicaría su trigésimo quinto álbum de estudio. El científico español lo analizará usando sesudos algoritmos para concluir que todas las canciones suenan igual. Pero eso a Dylan no le importa. Las máscaras del héroe son muchas. Y las heridas, cuando son superficiales, apenas escuecen a quien tiene ya la cabeza dura y las yemas de los dedos encallecidas.

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