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Olimpiadas De La Risa

En un arrebato de sentido común, el Gobierno de Japón echó cuentas y decidió que bastante endeudados estaban ya sin necesidad de meter a Tokio en unos Juegos Olímpicos. Retiraron su candidatura, al igual que Estambul, que estimó que necesitaría al menos treinta años de dinero de los contribuyentes para pagar las deudas de unos juegos. Y así, Madrid quedó como única candidata. Cuando se la anunció ceremoniosamente como organizadora de los Juegos, nadie de la candidatura española estaba presente; estaban tan acostumbrados a quedarse fuera que ni se molestaron en acudir al evento.

2012-08-22 - Olimpiadas De La Risa

Por supuesto, los Juegos de Madrid fueron deficitarios. En un 171 por ciento. Espantado, el Gobierno español supo que tendría que echar mano de los mercados para sobrellevar tan ingente deuda, ya que la señora alcaldesa de Madrid, de manera inesperada, se negó a pagarla de su bolsillo.

En un gesto conciliador con los poderes financieros, pura ingeniería mediática, el comité organizador invitó a la Emperatriz Europea a la ceremonia de clausura, con el objetivo de poner en valor la capacidad organizativa y de gestión del pueblo español.

La Emperatriz Ángela I y su consorte aceptaron la invitación. Su Alteza despatarró su geométrico cuerpecillo en un trono de terciopelo celeste, y descansó los pies sobre las espaldas del Presidente del Gobierno Español, que presenció la ceremonia en la postura del perrito.La ceremonia comenzó con una serie de actuaciones musicales a cargo de los principales hijos de del panorama español que querían triunfar como cantantes. El Hijo del torero. El hijo del cantante ligero. El hijo del político. El hijo del cantante muerto. El hijo del dueño de la cadena de comida rápida. Y así hasta doscientos. Claro, la ceremonia se alargó un poco, entre codazos, escupitajos y berrinches varios entre bambalinas.

Continuaron con un desfile en el que varios modelos mostraron los diseños de David Delfín para el uniforme olímpico, pero al llevar capucha y un nudo en el cuello (rojigualda) alguno que otro se dio un buen topetazo. «Muy apropiado», comentó la Emperatriz.

El último número musical lo protagonizó Marta Sánchez. En el momento clímax de su espectáculo, colocaba los brazos en cruz para que los bailarines la alzasen por los aires. Pero resultó que un grupo de funcionarios airados maniataron a los bailarines en el camerino y agarraron en su lugar a la diva, lanzándola de cabeza al foso. Sobrevivió.

Buscando aligerar el asunto, se dio paso a un número cómico, unos monólogos de esos tan de moda últimamente. Se seleccionaron determinados cargos del Partido Popular para que leyeran algunos párrafos del programa electoral de 2011. Cuando hicieron mención a que no se subiría el IVA, que no habría recortes en educación o que no se daría ni un euro a los bancos, las carcajadas hicieron retumbar el estadio olímpico.

Tras eso, se rindió homenaje a la canción de autor, género tan arraigado en la tradición española. Se soltó en una plataforma circular con suelo de albero a los miembros de Jarcha, vestidos de rojo de la cabeza a los pies. Cuando llegaron al estribillo de «Libertad sin ira» la organización hizo una suelta de Miuras especialmente agresivos que cornearon sin miramientos a los músicos, entre el aplauso y los olés del público. La Emperatriz disfrutó especialmente de aquél espectáculo, y quedó gratamente sorprendida cuando el Presidente del Gobierno le hizo saber que la suelta de toros y cantautores sería deporte de exhibición en los próximos juegos….

Finalmente, se procedió al apagado de la antorcha olímpica, lo cual no resultó nada fácil, dado que se había confiado la custodia de los pebeteros a un muy dedicado grupo de pirómanos españoles, los mejores del mundo en lo suyo, a los que hubo que abatir a tiros para poder proceder.

Luego se produjo el relevo de banderas al consejero delegado de una multinacional alimenticia, que se haría cargo de los Juegos en detrimento de país alguno como venía siendo norma. Ya subcontratarían ellos con alguna nación emergente.

Y, finalmente, se entonó el himno griego, símbolo del tradicional reconocimiento a la cuna de las olimpiadas. En ese momento, la Emperatriz, que hasta entonces se había divertido como un mico, torció el gesto con brazos cruzados, miró al cielo y dijo para sí: «Ya están lo griegos como siempre, macho; dando el bajonazo».

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