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La Sexta Fase

Primero el tumor era maligno. Luego era benigno. Y luego era inoperable. Crecería sin control a través de la vía linfática ocupando manu militari el lugar que por derecho debía pertenecer al cerebro. Siendo optimistas, le quedaban escasos meses de vida…

«No» (el informe del Coroner empezaba a mostrar un tono frenético) «No fue así como ocurrió».

2012-08-29 - La Sexta Fase

La página web que avanzó el cáncer terminal del director posteó un desmentido días después. Un desmentido. No una disculpa.

Los hechos: el sujeto encajaba en el perfil de alguien que hubiera atravesado las cinco etapas del duelo. La negación no le ocupó demasiado tiempo, era un hombre práctico. La ira, la volcó en sí mismo: su carrera había acabado casi antes de comenzar, cuando su primera película, repleta de Vampiros neorrománticos y música de Bauhaus fue un fracaso. Hoy en día esas cosas funcionan.

Qué irónico, pensó el Coroner, preocuparse por el paso del tiempo sólo en su primera película, cuando aún tenía toda la vida por delante…. O tal vez…

Hollywood le contrató por su técnica, no por su visión artística. Y a ella se encomendó con pétrea resignación. Fuegos de artificio, humo y espejos, mientras a su hermano se le reservaba el talento, el estatus, el pelo. La crítica lo denostó durante toda su carrera. Lo atacaban por hueco, por vacío, por comercial. Y sin embargo, ahí estaba la clave; él rodaba la nada, su estilo un arrebato nihilista consciente. No hay nada que decir. Nada que contar. La maquinaria transformó sus temas. O se los reveló.

La tercera fase; negociación. Un lastre de proyectos inacabados, viviendo en el infierno del tercer borrador, obligado a rodar la secuela de la nada más absoluta, si es que la nada podía reproducirse como un tumor…

Depresión quizá; pastillas azules que provocan diarrea. Pastillas rojas que producen un efecto paradójico. Pastillas amarillas, sequedad de boca. Vómitos. Pastillas naranjas… . Lo imaginó buscando avanzar hacia la última fase lo antes posible.

Última fase, aceptación. Fotos del puente tomadas dos años antes. El Coroner escribió en su informe: «…Y qué clase de dolor es el que destruye a un hombre. Una lección de anatomía está incompleta sin explorar los surcos de sufrimiento del espíritu, la angustia de la anticipación, esa verdad indiscutible que inflama las sienes cuando por fin se acepta la única solución posible: dejar de sufrir. Sí, por favor. Dejar de sufrir».

En sus películas siempre se estaba muriendo alguien. Muertes heroicas, nobles, a cámara lenta y voz ronca dejando escapar un desgarrador y exagerado «NOOOO», mientras otras sucedían en un microsegundo, casi fuera de plano, entre gestos de sorpresa y la inercia de los disparos. No sabremos nunca si el personaje de relleno murió al instante. Si tenía familia. Si sus hijos tendrían derecho a una pensión de orfandad. No lo sabremos porque no nos importa. Tan sólo conseguiríamos metros de película desperdiciados en la sala de edición y un productor ejecutivo al borde del colapso nervioso.

El Coroner sí tenía familia. Imaginó que el sufrimiento, justificado o no, es más llevadero con dinero en los bolsillos. Pensó en todos aquellos pobres diablos del hospital, los que vendían sus casas para pagarse la quimioterapia, los que arrastraban a los suyos a una espiral de sufrimiento y ruina antes de morirse igualmente. Imaginó una sexta fase del duelo, la que no aparece en ningún manual de autoayuda.
El director dejó una nota, por supuesto; todas las historias deben tener un principio y un final y deben contarse adecuadamente.

Asomado al vacío, identificado en exceso, el Coroner pensó que lo malo de saltar es que hay un buen tramo hasta llegar abajo. Es por eso que suele decirse que tu vida entera desfila ante tus ojos antes de morir. Pero el director siempre había detestado los flashbacks.

Y entonces, justo antes de chocar contra el agua, una irritante idea asalta tu mente. La absurda y machacona convicción de que, no importa lo mal que estén las cosas, todos los problemas tienen solución. Tan pegajoso como un chicle enredado en el pelo e igual de difícil de extirpar, el instinto de conservación. A ver: en qué quedamos.

Saltó sin dudar, dirían luego los testigos. Pues claro, les habría dicho el Coroner: la sexta fase es la más importante: la de la valentía.

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